#MaratonTerrorRebelde
EL HOMBRE DE TUS SUEÑOS
AUTOR: JAVIER BARRERA LUGO (COLOMBIA)

“El mudo fastidioso”. Así bautizaron los miembros de la familia y la servidumbre igualada -sabedores de las miserias de nuestra estirpe más que nosotros mismos-, al señor Matallana, el parco esposo de tía Norita, décima y última de las hijas de los abuelos. Considero relevante para la historia esta aclaración, teniendo en cuenta que el patriarca engendró a doce criaturas más fuera del matrimonio, en su mayoría, peones sobrevalorados que formaron parte de las tropas del salvaje Efraín González, uno de los millones de asesinos mediocres que han desbordado esta tierra maldita y plagada de ordinariez.
Obviamente, la descalificada de nuestra manada era murmuradita, felona y venía desde las cuadriculadas cabezotas de los mandos medios y la base. Don Rigoberto Hernández y la venerable Innumerables Albarracín, (la virgen arpía, mi “adorada yaya,” la “tierna abuelita” que va por su octava década atormentando a satán en su propio terreno) jamás osaron irrespetar al señor Matallana, fingiéndole simpatía. Por el contrario, lo detestaban, y sus muecas de disgusto fueron mayores las pocas veces que lo halagaron con el placer de sus preguntas genéricas: ¿Cómo sigue su mamacita, Teófilo? ¿Al fin pudieron meterse sus secuaces del liberalismo a robar en el ministerio? ¿Cuándo se caerá el presidente Rojas, ala? La única que pareció durante años, tenerle algo de afecto fue Ubaldina, la criada que menos simpatía despertaba entre tan “selecta” concurrencia.
Tal vez por eso, o gracias a ese salvavidas, la animadversión por aquel personaje callado en cualquiera circunstancia no llegaba al ciento por ciento en las urnas familiares… Contaba con dos votos leales, sumando el mío. Un resultado aplastante en su contra, aunque no pegado al disparate del absolutismo ciego que desvirtúa el terror que las mayorías ejercieron en una familia de godos venidos a menos.
De hecho, por el talante moral de esta criada que sin quererlo o saberlo subvirtió con su respeto por el prójimo los códigos de un clan decadente, tomé la decisión de militar en la cuarta internacional y mantener vivo ese instinto por llevar la contraria a la casta que en suerte me tocó. Sin que hubiese hecho algo para merecerlo, le tomé cariño al viejo: según mi visión sesgada era un anarquista pudoroso, desacomedido, desconectado a conciencia, disecado por treinta y cinco gloriosos años de costumbre matrimonial y visitas familiares que detestaba porque en esos espacios se mantenían dogmas y esclavitudes que a él le parecían intolerables. “Mejor cerrar la jeta que aguantarme a Norita llorando porque no les di la razón en todas las estupideces a sus padres y sus cuñados huérfanos de ideas propias”. Eso me dijo una noche en que quise demostrarle mi admiración ofreciéndole un aguardiente y mi discursito cursi sobre el nuevo socialismo nacional.
El viejo Matallana era aplomo, la invisibilidad; siempre “exiliado” en una esquina de la sala de cualquiera de las casas donde cada ocho días se celebraba el almuerzo familiar de ajiaco y jugo de mora, de opiniones no pedidas, debate eterno sobre nimiedades en el que solo las voces de dos yernos, el abuelo y una tía más derechista que Franco, el minotauro enano español, engalanaban este festín de mediocres, si se acepta este momento de terapia sicológica que dejo patente.
Era un hombre, hasta donde lo recuerdo, de inteligencia, asumo, un poquito arriba del promedio, con ideas propias y fuego sicópata en la mirada fría; pero prudente y sumiso ante los caprichos de tía Norita. Con el resto de la familia, simplemente le era imposible llevar a cabo el sacrificio de cruzar palabra. Las pocas veces que lo intentó, fue notoria “la fiaca”, esa pereza que le impidió expresar algún tipo de idea en un mundo gaseoso plagado de prejuicios, convenciones, reglas, escalafones absurdos y felaciones a la figura del “monstruo” Laureano Gómez.
Dentro del gremio de la ingeniería era considerado una eminencia, referente para jóvenes estudiantes, y, sobre todo, un profesional elocuente respaldado por las más altas credenciales. Su lucidez era reconocida en la academia, un tipo admirado por intelectuales y científicos, que tuvo la desgracia de nacer en un país, más bien en una banana republic, donde militares golpistas, guerreros torpes, hacendados matones, zalameros de toda laya, filibusteros cargados de plata y plomo crearon un imperio del terror. Pero en esa Sodoma tropical, por encima de semejante cadena alimenticia patética y enarbolando las peores intenciones, los políticos ladrones, si es que los términos no son de por sí símiles, hundían al país en el fratricidio.
En mi entorno, no importaba de dónde o cómo, lo importante era acumular riqueza, aguantar, “hacerse el pendejo,” mimar a la “palanca”; voltear a mirar hacia otro lado. De frente, mis cercanos eran unos tránsfugas, ladronzuelos mediocres que interpretaban a personas como “el mudo”, como adefesios decentes y quebrados, finos de maneras y simples maricones.
Pero tras años de desprecio silente debidamente correspondido entre las partes, todo cambió para “el mudo” y la tribu de forma radical: muchos de los miembros de la familia, jóvenes o viejos, dignos o granujas, unos días antes de morir, soñaban recurrentemente con él. Como en la familia todo se contaba por morbo y cadena de mando, por “no dejar” y por vicio de rajar del prójimo, la novedad se extendió como veneno por los vasos comunicantes de nuestro linaje.
Contaban los que después serían difuntos, que se les aparecía en los sueños sin decirles apenas “quiubo”. Ellos trataban de indagar qué les quería decir, pero él evadía sus miradas de semovientes camino al matadero y guardaba escrupuloso silencio, como acostumbraba. Parecía no evitarlos por resentimiento, por dolor, rabia o frustración; era la evasión como les demostraba que nunca los toleró.
Pero casi al borde del despertar, cuando gimoteaban súplicas ansiosas, les contaba sin palabras, como con telepatía, que su fin estaba cerca, que no se preocuparan, que en el más allá no encontrarían nada salvo silencio y todo acabaría por no tener sentido mientras desencarnaban sobre una camilla raída de hospital, entre las ruedas de un autobús o en la casa de citas donde desfogaban la lujuria antes de enfrentar a sus horrendos parientes en medio del ajiaco sempiterno y un jugo de mora por siempre caliente.
Lo más conmovedor era saber que los moribundos de la familia, aquellos que se enteraban de la macabra condición apenas el viejo Matallana se les aparecía en los sueños, generaban una fijación por el rey del mutismo. Aquel ser que desecharon y olvidaron en su cotidianidad, se les volvió el augurio, el latido pegado al miedo que culebreaba entre la mente y el pecho.
Cuatro días antes del accidente mortal en el que se desbarrancó el camión que llevaban neveras y televisores para unos contrabandistas asociados a su “pujante negocio”, mi primo Juan le comento a Alicia, su mujer, que había visto al “mudo” en sueños por casi una semana. “Como siempre, no me dice nada, mija. El “pendejo” ese solo me mira y de esos ojos se suelta un hielo “asustador”, bravo… ¿Me entiende?… Ese viejo es el diablo…” Y remató: “Los ojos me picaban, las vistas se me llenaron de blanco, una ceguera… Era como si tuviera garrapatas en el envés de los párpados… Ese viejo tiene la tristeza zurcida al cogote…».
Quería mucho al pobrecito Juan, que se murió joven. Era siete años mayor que yo, que en esa época acababa de cumplir dieciséis. La viuda, recién parida y con los nervios destrozados por su nueva realidad, entró en pánico cuando vio “al mudo” entrando a darle el pésame. Como era chismosa y paranoica -la entrenaron bien mis tías-, les dijo a sus hermanas, y, a quien quisiera escucharla, que aquel hombre macabro que entraba al velorio de su marido, ese “chulo” taimado, era la parca encarnada, el demonio hecho piel y huesos viejos.
Los que estábamos ahí la compadecimos, entendiendo que la tragedia envolvió de tinieblas su juicio, la pusieron fuera de sus cabales y cercana al estadio último de la paranoia. Pero no estaba equivocada.
El daño quedó hecho: la paciencia forzada por el parentesco, el amor del clan por tía Norita y la tolerancia por su excéntrico marido, se transformó en histeria cuando en masa, los viejos de la familia, comenzaron a soñar con el “mudo”.
Lo vio su reverencia Don Rigoberto, mi abuelo, en una ensoñación en la que le reclamó por su silencio de décadas, según él, cercano a la sedición: “¡Qué, “maestro…”! ¿Por qué no habla? ¿Se cree mejor que la familia? ¿Es un maldito cobarde? Acaso… ¿Es marica? ¿Un puto comunista o mañoso liberal?” Y por primera vez, así fuese en el plano onírico, el “mudo” le contestó con más de un monosílabo: «usted habla tanto, señor, que nunca nos dio espacio para hacerlo.» Se va a morir y estoy seguro que en agonía seguirá hablando… ¡Vaya viejo absurdo!” El abuelo miró a su mujer, solo para comprobar que una fisura de pánico, minúscula como una pestaña, le resquebrajó el ceño a la despreciable octogenaria que nunca demostró miedo.
Días después, el abuelo, intentando retomar el aliento tras la siesta, nos dijo a quienes tomábamos café en la sala: “¡Eeeestaba ahí…! ¡Hace un segundo el “mudo” estaba ahí…!” Aterrado señalaba la esquina de la sala donde Matallana siempre se refugiaba de nosotros en el almuerzo dominical. Una onomatopeya metálica, un eructo, una orden inocua parecieron salir de su esófago como una tromba: ¡No ha llegado mi hora… Por la memoria de mi madre que no me muero…! Diez segundos después, mi obeso abuelo se fue a la lona fulminado por un infarto.
El Doctor Torres, entre maravillado y ceremonioso, haló los párpados hacia abajo para ocultar el horror que le quedó inyectado a Don Rigoberto en la mirada.
En el lapso de un año, ocho integrantes del clan soñaron con el “mudo” días antes de morir y mordieron el polvo sin atenuantes. Como era de esperar, Matallana fue desterrado de nuestra honrosa familia canalla, la misma que se siguió reuniendo y le pidió en gavilla a tía Norita, después de contarle la dudosa fama que había recibido su marido, que siguiera en el redil, pero absteniéndose de llevar al “pajarraco de mal agüero” en que convirtieron a su marido.
Estoy seguro que para el viejo fue la recompensa trabajada por años, aunque, como es obvio, para ella fue una ofensa que jamás les perdonó, aunque igual, siguió asistiendo al ritual. La hipocresía se perfecciona y se transforma en odio cuando el silencio es el caldo que fermenta. Para ella el viejo siempre fue un motivo de desilusión, un lastre lleno de rarezas que comenzó a despreciar unos días después del matrimonio. Pero también, el ser que toleró sus caprichos, su narcicismo, su clasismo servil. Aunque la balanza se mostraba equilibrada, el qué dirán, la exclusión adornada con encajes en que la sumió la casta, las desfogó en modo de acusación silente. ¡Nunca más, señor Matallana! ¡Nunca más…! Parecía decirle cuando su boca no se movía.
La última en soñarlo fue tía Norita. Aunque estaba vieja y resentida, no pudo evitar suplicar piedad. El terror la heló. “No sé preocupe, Norita”, dijo el “mudo”, “al otro lado no va a pasar sola. Me acabo de soñar conmigo y al despertarme terminé en el sueño en el que su merced me soñó… En la salud y la enfermedad, vieja bruja… A eso me comprometí.
La mujer despertó, se tocó el dedo en el que por 53 años portó el símbolo del compromiso eterno con la muerte encarnada y silente. Le tocó la nuca al viejo que dormía a su lado; estaba frío y no parecía respirar.
AUTOR: JAVIER BARRERA LUGO (COLOMBIA)
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Javier Barrera Lugo, nació en Bogotá (Colombia). Editor General de Escritores Rebeldes, editor del blog Idiota Inútil y de la Vaca Férrica, página de creación. Siempre buscando el final de la línea del horizonte que forma la mar océana. Escribidor de oficio y corazón, admirador de los cronistas de indias que describieron a través de letras la fantasmagoría de un continente, que, hasta hoy, es un complejo enigma. Autor de cuentos, poesías, y ensayos en los cuales defiende la autenticidad y el silencio. En Octubre de 2025 publicó y lanzo al mercado digital e impreso su poemario Sendero de Fuego Frío
